Casa fundada el 5 de enero de 2023
Nos gusta este país y lo que nos une.
Si hay algo que tenemos en común es que nos gusta salir y juntarnos con nuestra gente. En toda España gustamos de compartir la vida en torno a la mesa, entre placeres culinarios y conversaciones que se prolongan más allá de los postres. En su embeleso nos entregamos a Kairós y echamos a Kronos en el olvido.
Salir, juntarse, compartir … es algo aprendido de los que nos precedieron, que nos gusta enseñar a quienes nos sobrevivirán. Es cultural. Y claro, en cultura tan disfrutona, arraiga una hostelería que maneja con maestría este noble material que le es dado.
Así, en este país es frecuente encontrarse con buenos bares y restaurantes que no tienen clientela, sino parroquia. Los hombres y mujeres que los regentan ejercen una suerte de sacerdocio dedicado con devoción a cuidar del lugar donde los parroquianos nos encontramos con nuestra gente y disfrutamos la vida.
Además, son profesionales que practican una lógica empresarial admirable. Detrás del más modesto restaurante de éxito se puede reconocer un reguero de decisiones valientes y creativas. Cada tapa servida es única, cada postre, cada guiso de cuchara, cada copa de vino o cada vez que se tira esa caña de cerveza con su espuma. Esta hostelería es vida en vivo que se nutre de esa conexión cotidiana entre el negocio y su parroquia. Tiene mucho de artesanía y también de empresa; de ciencia y de arte, de tecnología y humanismo.
Son negocios de cercanía que alimentan la vida social de nuestros pueblos y ciudades.
Y todo este patrimonio se puso en riesgo aquel 2020 en que la primavera no trajo flores, cuando la pandemia golpeó con fuerza y recortó nuestras libertades de reunión y movimiento: confinamiento, distancias de seguridad, salvoconductos, guantes, mascarillas, incertidumbre y miedo … mucho miedo.
Recluidos en nuestras casas, empachados de pantallas, sustituimos las relaciones humanas en carne viva por videollamadas. Sin poder juntarnos con normalidad, la hostelería sufrió y el humor del país también sufrió.
Fue en esos días cuando los fundadores de Alianza Win decidimos dar un paso al frente y poner nuestros talentos al servicio de una pregunta: ¿y si convertimos el tiempo de pantalla en un modo de incentivar a las personas a salir al encuentro de su gente, cuando todo esto pase? Así surgió la idea de conectar dos impulsos innatos en la condición humana, jugar y juntarnos.
Luego vino todo lo demás.
Hoy gracias a la confianza de Antonio y Víctor, nuestros inversores, pilotamos una nave que abraza la vanguardia en el uso de la técnica y, a la vez, echa raíces en la tradición eterna del comercio honesto. Una nave donde los fundadores destilamos, a los sesenta, el último tramo de nuestra vida profesional y donde la nueva generación infunde criterio y frescura, preparándose para tomar el testigo.
Es cultural.
Isabel Sáez, Pepa Barral, Alejandro Díez-Madroñero, Luis Miguel Barral
Socios Fundadores
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